56. Jahrgang Nr. 2 / März 2026
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1. Gedanken zum Fest der Auferstehung 2026
2. Einige Anmerkungen zum diesjährigen Osterfest
3. Gebet für die heilige Kirche
4. Ex oriente lux – Licht aus dem Morgenland ?
5. Der Schmerz
6. Der „Synodale Weg“
7. Der bösen Macht auf der Spur
8. Erschreckende Zunahme der Christenverfolgung
9. Gefälschte „Wahrheiten“
10. Genetische Totalüberwachung: Wie Trump die DNA-Datenbank für alle Bürger vorbereitet
11. Schockierend: EU-Parlament fordert
12. Von Imperien und Hungersnöten
13. Technokraten, ihre Bemühungen
14. ABF Schweiz sagt klar NEIN zur E-ID
15. Nachrichten, Nachrichten, Nachrichten...
16. Wie nah ist der Dritte Weltkrieg?
17. Buchbesprechung:
18. Richten die USA eine „Gedankenpolizei“ ein?
19. Das Märchen von des Königs treuen Knechten
20. Die Geschichte vom armen Madonnen-Schnitzer,
21. Mitteilungen der Redaktion
Nota sobre la Declaración del año 2000
 
Nota sobre la Declaración del año 2000

de Eberhard Heller


La DECLARATIO de Su Excelentísimo monseñor Ngô-dinh-Thuc de 1982 describe una situación, la sedisvacancia, y constata que las tareas que ella plantea estaban solamente esbozadas, pero no descritas minuciosamente. Esto es lo que se hace en la Declaración del año 2000, sobre la que se deliberó en Múnich y en Hermosillo. Esta Declaración de 2000 se basa en la DECLARATIO de 1982, para explicar mejor las tareas que se plantean para restituir la Iglesia como institución de salvación, una de las cuales es también una elección papal, como coronación de la unidad. Sólo tiene sentido declarar la sedisvacancia si también se tiene la intención de que la Silla Apostólica vacía vuelva a ser ocupada. Además de esto, la nueva declaración señala la contradicción que hay entre el deber de reconstruir la Iglesia, por un lado, y la falta de autoridad de la Iglesia que sería necesaria para ello, por otro lado. También se explicaba cómo se puede resolver esta contradicción entre la tarea encomendada y la autorización faltante, ya el deber que tienen los mandatarios de desempeñar sus tareas no les viene su propia iniciativa, sino de autorizaciones delegadas, y en definitiva de la autoridad suprema, que es el papa, porque Cristo construyó su Iglesia sobre la «piedra» de Pedro: Él transfirió a Pedro todos los poderes plenos para dirigir y cumplir las tareas que se le plantean a la Iglesia.

En los debates que ha habido hasta ahora no se ha evidenciado lo más mínimo esta contradicción (que de hecho es aparente) ni menos aún se han mostrado vías para resolverla, más allá de los intentos que venimos haciendo para ello en nuestra revista.

Estimados lectores, les rogamos que analicen la Declaración del año 2000 y nos expongan sus objeciones, sus críticas y sus eventuales propuestas de mejora, pues todos los creyentes católicos deben (poder) secundar esa Declaración.
 
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